LECTURAS DE NUEVA YORK

jgh_allthebuildings_book_7-700x860Como decíamos ayer, a mí Nueva York me ha parecido una ciudad ya leída. Por eso, además de recomendar como guía de viajes el libro de Rutherford, comento aquí alguno de los libros (unos son de antes del blog) que nos pueden dar una idea de NY.

Comenzamos con los emigrantes que llegaron a la isla de Ellis, no puedo olvidarme de cómo rechazaron a los Scorta y lo mal que se lo pasó Vita. Otros, sin embargo, allí permanecieron, como los parientes de Talese. Muchos se instalaron en Brooklyn escenario de muchas historias como Alguien, Un árbol crece en Brooklyn o La historia del amor. No podemos olvidar a Paul Auster con Brooklyn Follies.

También la alta burguesía encuentra su espacio en la novela, empezamos con las obras de:  La edad de la inocencia y otras de Edith Warton. Seguimos con otras historias como el Gran Gatsby, Pannonica, La señora Parkington o Las dos señoras Grenville.  Algo de glamour tiene también Lucía, Lucía que además retoma la emigración italiana.

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No ha dejado de sorprenderme el ver familias de judíos ultraortodoxos que me sonaban de Las hijas de Zalman.

El recorrido por Wall Street  tiene su referente literario en La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe y El hombre del traje gris. El atentado de las torres gemelas tiene su mención en El hombre del salto y La misma ciudad.

Omito tantas y tantas novelas detectivescas y policiacas, no soy muy aficionada al género, pero se admiten sugerencias.

imagesPor último,  no podía dejar de imaginarme que sentiría un español de los años 30 en semejante ciudad y, cómo, no ahí estaba Lorca, Poeta en Nueva York (1930) que a tenor de sus poemas parece que esta ciudad no le gustó ni un poquito.

 

OFICINA Y DENUNCIA 
A Fernando Vela

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.

Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.

Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

(Federico García Lorca, 1930)

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